Sobremesa
28 septiembre, 2009

Si bien hay abundantes representaciones de la cocina como espacio para la creación, para la magia de transformar los alimentos mediante el fuego, el comedor tendrá mejor suerte que el retrete (inexistente como representación o metáfora hasta llegar a un vanguardismo escatólogico), pero no la que se merece. Y es que comer significa la representación del final feliz del crimen perfecto: el comilón engulle a su víctima, ya sea lechuga o ave de paso. El asesinato ha podido disfrazase del ritual en la cocina, al tiempo que se enmarcaba en una operación cultural gracias a las maceraciones, los marinados, los aderezos, las hierbas compuestas y otros afeites. Pero crimen era. Violencia contra lo vivo. El fuego ha modificado el aspecto de lo asesinado, ya ya en el comedor, cuando cocina y comedor dejan de ser lo mismo, la bestialidad se consuma, y sin posible coartada litúrgica. La desaparición de la víctima, insisto, ya sea lechuga o ave de paso, se convierte en cuerpo y sangre del asesino gracias a eso que algunos maestros del eufemismo han llamado «metabolismo».
“Entre la cocina y el retrete. Entre la boca y el culo. Entre dios y la muerte”, en Geometría y compasión, de Manuel Vázquez Montalbán, publicado por Mondadori en Barcelona en 2003. Alguna ligera perversión tendrá el autor con la comida que este libro, “una reflexión sobre el arte contemporáneo”, tiene por portada unas Viejas comiendo sopa, de Francisco de Goya y tiene por ahí otro libro llamado Contra los gourmets.
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Dos rebanadas de pan

En ese momento pasamos por delante de un café sacado de la serie Los supersónicos, una muestra de arquitectura de la guerra fría que sorprendía en virtud de su propia incongruencia: la fantasía que el pasado tuvo del futuro, una fantasía envejecida. El café tenía alerones y elevaciones. Tenía un logotipo aerodinámico que parecía el emblema que lleva el capitán Kirk en el pecho. Se llamaba Ships; bajo el nombre, las palabras
NO
CERRAMOS
NUNCA
se reducía hasta la nada.
—¿Has comido alguna vez aquí?
—¿En Ships? Claro. Recuerdo que cuando llegué a esta ciudad de San Francisco (de eso hace ya años), viniendo del aeropuerto pasamos por delante e hice que George se parara. George era mi novio en aquella época. Todas las mesas tenían tostadora, lo cual en aquel tiempo me pareció el colmo de lo moderno. Debía tener veinte o veintidós años.
“La calle Saturn”, en Arkansas, de David Leavitt, originalmente publicado en Anagrama en 2202, con la traducción de Juan Gabriel López Guix. Para el caso, el libro utilizado, pertenece a la colección Quintento, afortunada iniciativa de llevar a libro de bolsillo, bajo una misma identidad, títulos exitosos de Anagrama, Edhasa, Grup 62, Salamandra y Tusquets. Igual de afortunado fue encontrar el libro en un pobrísimo y desbalajado puesto callejero en la colonia Portales, acompañado a lo más por otros 20 libros, que atendía o desatendía un hombre algo alcoholizado; como esa vez no confié en la contraportada, decidí comprarlo la siguiente ocasión que pasara por ahí, si es que todavía lo tenía el vendedor o si volvía a encontrarlo. Ambas cosas pasaron y por 20 pesos, puesto que el gentil hombre no quiso rebajarlo, lo traje a casa. Y ha sido gran cosa su compañía.
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En 1683 el imperio otomano amenazó al imperio astro-húngaro sitiando Viena. Como sus habitantes se defendían denodadamente y no podían tomar la ciudad, se les ocurrió hacer un túnel que los llevara al centro de la misma. Astutamente, decidieron trabajar de noche para no despertar sospechas pero, ¡menuda sorpresa!, los panaderos vieneses trabajaban en esas horas, oyeron ruidos y alertaron a los ciudadanos, que inmediatamente se armaron y esperaron que salieran los turcos.
Esta victoria dio a los panaderos privilegios como el permiso de llevar espada, que era casi lo mismo que armarlos caballeros. En agradecimiento, los panaderos crearon el croissant, cuya forma conmemora la victoria sobre el ejército musulmán, el ejército de la luna creciente.
El sabor de las palabras. Una fascinante degustación de términos gastronómicos, de Anina Jimeno Jaén fue publicado por Aguilar en 2008. El libro principalmente se centra en la recopilación de términos cuya historia sea peculiar. Su intención parece estar entre la divulgación y la cultura general, pues los textos suelen ser simples, redundantes y cursis. De ahí el permiso para editar el fragmento expuesto, que era como del doble de caracteres.
