Hija de buena familia
13 octubre, 2009

Marie Laurencin, con su raro modo de vivir y entregada a su raro arte, vivía con su madre —que era una mujer silenciosa, agradable y muy digna—, como si las dos vivieran en un convento. La pequeña vivienda estaba repleta de labores de punto ejecutadas por la madre según los diseños de Marie Laurencin. Marie y su madre se trataban del mismo modo que puedan tratarse una monja joven y una monja vieja. Todo era muy raro allí. Después, poco antes de la guerra, la madre cayó enferma y murió. Entonces fue cuando la madre conoció a Guillaume Apollinare, y dijo que le gustaba.
Tras la muerte de su madre, Marie Laurencin perdió totalmente su estabilidad. Marie y Guillaume dejaron de verse. Sus relaciones, que habían durado en tanto la madre vivió, sin que la madre lo supiera, se rompieron cuando la madre murió, y después de que ésta hubiera conocido a Guillaume y hubiera dicho que le gustaba. Contra el consejo de todos sus amigos, Marie contrajo matrimonio con un alemán. Cuando su amigos se lo reprochaban, Marie Laurencin contestaba que el alemán era el único hombre que podía producirle unos sentimientos parecidos a los que había sentido por su madre.
Fragmento de Autiobiografía de Alice B. Toklas, de Gertrude Stein, en la edición de Bruguera de 1978. Traducción de Carlos Ribalta. La edición original parece pertenecer a The Continental Book Company (Estocolmo, 1947).
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R * A * R e A v S a s * *
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Fedra lo realiza todo. Abandona, su madre al toro, su hermana a la soledad: esas formas de amor no le interesan. Deja su tierra como quien renuncia a los sueños; reniega de su familia y vende sus recuerdos como antigüedades. En ese ambiente, en que la inocencia es un crimen, asiste asqueada a lo que ella acabará por ser. Su destino, visto desde fuera, la horroriza; aún no lo conoce bien: sólo en forma de inscripciones en la muralla del Laberinto. Se arranca mediante la huida a su espantoso futuro. Se casa distraídamente con Teseo igual que Santa María Egipciaca pagaba con su cuerpo el precio de su pasaje; deja que se hundan hacia el Oeste, envueltos en una niebla de fábula, los mataderos gigantescos de su especie de América cretense. Desembarca, impregnada de olor a rancho y a venenos de Haití, sin darse cuenta de que lleva consigo la lepra, contraída bajo un tórrido Trópico del corazón. Su estupor al ver a Hipólito es como el de una viajera que ha desandado camino sin saberlo: el perfil de aquel niño le recuerda a Knossos y a hacha de dos filos. Ella lo odia, ella lo cría; él crece contra ella, rechazado por su odio, habituado desde siempre a desconfiar de las mujeres, obligado desde el colegio, desde las vacaciones de Año Nuevo, a saltar los obstáculos que en torno suyo erige la enemistad de una madrastra.
“Fedra o la desesperación”, de Marguerite Yourcenar, en Fuegos, edición de Suma de Letras Argentina, división de Santillana, publicada como libro de bolsillo en Punto de Lectura. La traducción es de Emma Calatayud. Originalmente Feux, en Éditions Gallimard, 1974.
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En una carta a Gómez de la Serna —con quien mantiene correspondencia luego de que éste la visitara un par de meses antes— escribe, alrededor de marzo de 1930: “Esta tarde me marcho a un largo paseo… Me bañaré en el río con los vestidos puestos —¡qué contenta estoy de dejar, por fin, el baño civilizado en bañeras blancas!—, y después me iré por el campo, huyendo de que me quieran convertir en animal casero”. Cumple lo dicho. Decide ir en busca de Dios o de sí misma. Camina por la orilla del río, se pierde entre los árboles, abandona a esa familia que intenta domesticarla. Es la noche y su padre ha pedido ayuda a la guardia civil, que la localiza.
Es mujer… y artista. Dos formas de locura. El señor Julián Santos Estévez decide recluir a su hija en una “casa de salud” de Madrid. Gómez de la Serna se entera y, desde París, escribe un artículo donde, además de exaltar el genio de Ángeles Santos, denuncia su encierro. Un mes después, “Angelita” vuelve con su familia, curada. La joven mujer descubre que la fiebre pictórica, los accesos, las imágenes fueron tan sólo locura adolescente (“Yo era muy rara”). Oculta los cuadros que lo atestiguan. Abandona los pinceles durante un lustro. Cuando vuelve a ellos, se da cuenta de que algo ha cambiado: surgen los colores pastel, las flores, la alegría de vivir. La mujer madura, serena, aniquila a la adolescente genial. Como se sabe, las familias y los manicomios extinguen los incenidos, apagan los fulgores.
Párrafos finales de “Ángeles Santos. Misticismo y hastío”, texto de Nicolás Cabral para el número 35 de La Tempestad, dedicado a los genios precoces (que además de la pintora catalana presenta, para otras bellas artes, incluida la filosofía, a Arthur Rimbaud, Orson Welles, Wolfang Amadeus Mozart y Ludwig Wittgenstein).
