Multicolor
3 agosto, 2010
Over the rainbow: reflexiones sobre la diversidad sexual
Miércoles 4 de agosto, 19:00 horas
Biblioteca Benjamin Franklin
Liverpool 31, Colonia Juárez, Méxido, DF
5080-2152
Cupo limitado
Confirmación de asistencia: mendiolacj@state.gov
El registro cerró el 30 de julio, pero todavía hay lugares. La entrada a la conferencia será por orden de confirmación.
Conferencia que contará con la presencia de familias diversas, representantes de acciones con jóvenes, activistas del movimiento de la diversidad sexual promovida por la Embajada de los Estados Unidos de América en México, dentro del calendario de actividades de la Biblioteca Benjamin Franklin.
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“La sexualidad es como las lenguas. Todos podemos aprender varias”
No es hombre, ni mujer, ni heterosexual, ni homosexual, ni transexual, dice. Brillante filósofa y ensayista, relata su viaje de niña bien de Burgos a icono del movimiento transgénero.
Se mueve por el Centro Pompidou de París como Pedro por su casa. El escenario le va al pelo. Alta, andrógina, alternativa. Experimental. [Beatriz] Preciado no tiene reparo, como el edificio del museo, en exhibir sus interioridades para explicarse a sí misma y al mundo. Autora de Manifiesto contrasexual (editorial Opera Prima) -una especie de biblia del movimiento transgénero o queer- y de Testo yonqui(Espasa) -donde explica los efectos que provoca la autoadministración de testosterona en su vida sexual-, esta burgalesa de 39 años vive como piensa y piensa cómo vive. En constante revolución contra las normas que determinan políticamente el sexo, el género, los modos de buscar y obtener placer. Filósofa, activista alternativa y profesora de la Universidad París VIII, acaba de quedar finalista del Premio Anagrama de Ensayo con Pornotopía, un ensayo sobre el imperio Play Boy.
Cuando tenía nueve años, alguien telefoneó a su madre y dijo: “Su hija es marimacho”. ¿Sufrió de niña?
Iba a un colegio de monjas, pero nunca tuve problema por ser distinta. Cuando me decían qué quería ser de mayor, respondía: hombre. Me veía como hombre porque ellos tenían acceso a las cosas que quería hacer: astronauta o médico. Nunca lo viví como vergonzoso ni traumático, era algo a lo que creía tener derecho. De cría, hasta tenía una hucha para hacerme un cambio de sexo.
¿Qué referentes tenía en esa época: Burgos, primeros ochenta?
Ninguno. Yo me movía en un mundo en el que el referente era la parroquia, imagínate.
Entonces, ¿se guió por instinto?
De niña, sí. El instituto fue fundamental. Simona, una maestra con un hijo autista, reclutó a niños con problemas y creó una clase. El grupo G. Autistas, superdotados, raros. Ocho marcianos feos y atroces. Terribles, pero mimados. Adoraba a mis profesores, eran muy abiertos para como era yo.
De aquella llamada a hoy, ¿cómo llevan sus padres su activismo sexual?
Fue traumático y lo sigue siendo. Mi padre era un empresario respetable. Mi madre, costurera de novias. Soy hija única. Imagino que esperaban otra cosa de mí. Son religiosos y de derechas como se es de derechas en Burgos, de forma irreflexiva, porque toca. En ese contexto fui rebelde, pero no porque me lo propusiera, sino porque cada cosa que hacía escandalizaba. Yo era un ovni, sí, pero no lo viví como algo que ocultar.
¿De dónde sale su rebeldía, si no sufre por ser como es?
Lo más duro para mí es ver cómo la gente se deja reprimir.
Entonces ¿es una rebeldía solidaria?
Siempre ha tenido algo político. Daba charlas a los niños para decirles: hagamos esto, organicémonos. Yo no me dejé reprimir, pero sí han sido dolorosas las rupturas con mis amigos o mi familia cuando no aceptan lo que para mí es natural. Con mis padres ha sido una larga pedagogía. Mi carácter no es el más tolerante. Ahora pienso: os tolero en vuestra manera de ser, qué voy a hacer. Pero entonces fue muy intenso. Con 16 años fui con el grupo G a Filadelfia y volví con la idea de hacer filosofía política.
[...]
Leyendo su obra, su vida parece una batalla constante contra la norma. ¿Por qué no se relaja?
Yo me veo relajadísima, mucho más que los otros. Lo que observo en la gente es una tensión aunque sea inconsciente por adecuarse a lo que se supone que es femenino, masculino, a la heterosexualidad o la homosexualidad. Yo también he experimentado la presión homosexual al decir que no soy un tío ni una tía. En la homosexualidad hay restricciones, reglas precisas. La tensión está ahí, la revolución es otra cosa.
¿Su estado natural?
No [ríe], ya me gustaría. Hay veces que no puedo evitar decir: cero solidaridad con el género humano y su cultura de la guerra.
¿Por qué esa desesperanza?
Hay una teórica queer americana, Sedwick, que decía que la revolución es un modo de salir de la depresión política. Es como si viviéramos en estado de patología, veo una gran depresión colectiva cuyos signos son el consumo aberrante, la producción de desigualdades, lanormalización excesiva, la sobrevigilancia, la cultura de la guerra.
¿Lo que llama ‘régimen farmacopornográfico’ es un nuevo fascismo basado en el sexo?
No, el fascismo no es depresivo, sino histriónico, mientras que el momento farmacopornográfico es de sobreadicción, sobreconsumo, destrucción. Como si nos hubiéramos dado colectivamente las condiciones de nuestra propia destrucción y estuviéramos de acuerdo. Y digo esto consciente de que puedo parecer un padre jesuita.
¿Pero esta no es una cultura hedonista?
No. El hecho de que lo que mueve la cultura sea el placer no quiere decir que el fin sea hedonista. El objetivo es la producción, el consumo y, en último término, la destrucción. El reto de lo que debería ser una izquierda para el siglo XXI es tomar conciencia de ese estado de depresión colectivo, a diferencia de la derecha, que vive en la euforia del consumo, de la producción de desigualdades, de la destrucción. La izquierda tiene que decir: mierda, la estamos cagando, y eso tiene que llevar a un despertar revolucionario. Y creo que eso puede venir de esos que hemos apartado a los márgenes de lo político: los gays, las lesbianas, los yonquis, las putas. Ahí hay modos de producción estratégicos para la cultura y la economía, y ahí se están produciendo soluciones.
Parte de “Entrevista a Beatriz Preciado”, texto de Luz Sánches-Mellado para El País Semanal del 13 de julio de 2010.
Citiados
25 junio, 2010
“Photographs are not innocent. They influence and … betray what is hidden beneath the skin. They weave not only lines and grids, but plots, and they cast spells…. They are an impressionable material that welcomes spirits.”
–Hervé Guibert, Ghost Image.
Cita tomada del boletín para prensa de la exposición The Truth in Photography: The Work of Hervé Guibert, de 2007, organizada por la Slought Foundation de Filadelfia.
acomodo primero esta cita para acompañar las fotogragías de Guibert, convertidas a archivos jpg fotografiando la página, en flash, y buscando una biografía en español, aparece:
Hervé Guibert. Francia (1955-1991) Escritor y fotógrafo francés nacido en París. Miembro de una familia de la pequeña burguesía francesa, exhibió su homosexualidad como una forma de ruptura con la sociedad conformista y bienpensante de la que había salido. Es autor, entre otras de, Muerte anunciada (1977), su primera obra inspirada en un choque, después de una operación; Mis padres (1986), El incógnito (1989) y El protocolo compasivo (1991), una denuncia de la estigmatización social, institucional y política de la que los homosexuales, y sobre todo los enfermos del sida, son víctimas. Con su libro Al amigo que no me salvó la vida (1990), reveló la muerte a causa del sida de Michel Foucault, escandalizando a la opinión pública francesa al desvelar detalles de una enfermedad que inspiró el desarrollo de toda su literatura, novelas y crónicas íntimas con una carga de erotismo violento. El diario íntimo que redactó de 1976 a 1991 se tituló El mausoleo de los amantes (1992).
Ficha encontrada en el sitio El país de la palabra, http://www.epdlp.com/escritor.php?id=3795
ahí mismo, acompañan la información por una fragmento de la última obra de Guibert, El mausoleo de los amantes, sin crédito de la edición y el traductor:
Cuando veo el hermoso cuerpo desnudo, carnoso, de un albañil en una obra, no sólo me gustaría lamer, sino también morder, jalar, jamar, masticar, tragar. No descuartizaría, según la moda japonesa, a uno de esos obreros para apretujarlo en mi congelador: me gustaría comerme la carne cruda y vibrante, cálida, dulce e infecta.
pero, he de decir, que llego a Guibert, porque ya hace tiempo que empecé a buscar información y sus fotografías; esta mañana, buscando información de El libro de la almohada, encuentro un texto de Alberto Manguel:
M A R Z O
Lunes
Me entero de que Hervé Guibert compró Cartas a un joven poeta, de Rilke, para leer el libro al mismo tiempo que su amante que estaba de viaje.
Las coincidencias (incluso las creadas de manera artificial), el encuentro casual con un amigo al que no he visto durante mucho tiempo, el sabor de la fruta madura, encontrar un libro que he estado buscando hace meses, la luz del atardecer en esta época del año, el ruido del viento en la chimenea, el silencio y la oscuridad antes de dormirme: todas esas cosas son para mí momentos inesperados de felicidad. Pero existen otros momentos felices que no están ligados a nada: ni a acontecimientos, ni a ideas especiales, ni a sensaciones agradables, ni a juicios exteriores. Un sentimiento que ignora por completo sus causas, silencioso y repentino e irrepesistible.
Fue Silvina Ocampo quien me sugirió por primera vez que leyera El libro de la almohada de Sei Shonagon. “Te va a gustar”, dijo, “porque a vos te gusta hacer listas”.
La edición que tengo ahora (perdí el ejemplar que me dio Silvina) incluye una introducción de Ivan Morris, el traductor inglés, en la que explica cómo, en el Japón medieval, un libro de la almohada era, sencillamente, un cuaderno que se guardaba en los cajones de las almotas de madera. Contenía observaciones personales, habladurías, impresiones de los sucesos cotidianos y, sobre todo, listas. El libro de la al- [hasta ahí llega la vista previa, página 189; la siguiente página no está libre de consulta en Google Books.]
Diario de lecturas, de Alberto Manguel, edición digitalizada y parcialmente pública de la original de Norma, Colombia, 2004.
ahora, bucando información sobre el libro de Manguel, a quien admiro y sigo después de leer Una historia de la lectura, encuentro una nota en la prensa española:
Manguel, autor, entre otras obras, de Una historia de la lectura, Aguas negras o En el bosque del espejo, considera que Diario de lecturas es “el libro más personal” de todos los que ha escrito y como lector dice: “Somos libres cuando somos lectores y durante la lectura no se puede dejar de relacionar lo que los libros nos aportan y los acontecimientos que suceden en el momento de leerlos. Los lectores mantienen, en silencio, un diálogo con las palabras escritas en las páginas”.
“Alberto Manguel elige 12 libros para su ‘Diario de lecturas’”, texto de A. Intxausti, para El País del 23 de abril de 2004.
y siguiendo la búsqueda, una nota al pie que me parece interesante:
17 Alberto Manguel, en su Diario de lecturas, recoge una cita de Nicholas Rankin, perteneciente a su libro Dead Man’s Chest (‘El cofre del muerto’), que dice lo siguiente: «Quizá no sea un accidente que la letra del alfabeto entre la H de Hyde y la J de Jekyll sea la “I” de “Yo” en inglés». (Madrid, Alianza Editorial, 2003, pág. 157).
Territorios de La Mancha. Versiones y subversiones cervantinas en la literatura hispanoamericana, Matías Barchino (coord.), Cuenca, Ediciones de la Universidad Castilla-La Mancha, 2007.
y, todo esto, porque hojeando un viejo catálogo impreso de Adriana Hidalgo editora, apareció El libro de la almohada, de Sei Shônagon, que han traducido íntegramente al español. Así comienza la búsqueda, que primero me lleva a un pdf con algunas citas traducidas del libro y después, a todo lo que el lector aquí ve. Finalmente, el arbol de Shônagon quedó fuera del paisaje y con las hojas dispersas armo esta enrramada.
Lista de deseos
28 abril, 2010
Jennifer Clement
En las Guías Literarias del Centro de Lectura Condesa
Jueves 29 de abril de 2010
19 horas
Nuevo León 91, México, DF
Tel. 5553-5268 y 5553-5269
Aunque Jennifer Clement tiene un número considerable de libros de ficción y poesía, la conozco por La viuda Basquiat. Desde que vi el anuncio del libro en Generación, hace casi diez años, su título se quedó en mi memoria, sabiendo de alguna forma anticipada que ese libro sería importante. Cansado de no encontrarlo en librerías de viejo, descubrí que había dos ejemplares en la librería central de la UNAM. Recuerdo la noche y la madrugada que lo leí. Párrafos sencillos que tejen una bufanda de letras, que no dejan claro si son documentales o figuradas sobre una de las mujeres cercanas al pintor neuyorkino.
El año pasado lo localicé en la base de las librerías del Fondo, lo tenían marcado como el último ejemplar en existencia y con ligeros deterioros en la portada. El día que fui a comprarlo, avisándole del descubrimiento a mi compañero de oficina, Óscar Jiménez, me comentó que él recordaba que la edición de estas memorias había sido impulsada por Braulio Peralta. Desconozco si las razones fueron más personales que literarias, pero le agradezco profundamente su trabajo, al igual que a Guillermo Sánchez Arreola, traductor de la obra del inglés al español.
En la reciente visita de mi madre a mi departamento, por alguna razón, le pareció interesante y lo llevó en préstamo. Hace unos días que hablé con ella me dijo que le ha gustado, que la chica protagonista le pareció extraña… muy loca. Le volví a decir que amo ese libro, sin saber qué entiende ella por eso.
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A veces tengo la melancólica sensación de que las cosas en la vida tienden a venir a destiempo. De que la realidad está organizada por un programador loco que lo ordena todo a contrapelo. Y no sólo sucede con los objetos materiales: a menudo ocurre también con las relaciones. Por ejemplo, no es raro que, en una pareja, cuando uno ama más, el otro ame menos; y cuando el que amaba menos por fin ama más, el que amaba más ya está en otra cosa. Es decir, un lío.
Y es que desear siempre es un lío. Los deseos, ya se sabe, son problemáticos. Si no los consigues, pueden llenarte de frustración hasta amargarte la vida. Pero, si los haces realidad, a veces es peor. Ya se sabe que cumplir un deseo puede ser catastrófico; como decía Santa Teresa, “se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas”. Al lograr tu sueño puedes darte cuenta de que no te aporta nada; de que no sabías lo que era; de que no lo deseabas en realidad; de que tu vida se queda vacía sin ese anhelo; de que has malgastado años y energías en una quimera… Los deseos son como las mariposas, luminosos, hermosos y volátiles; pero si los intentas agarrar, a menudo se desbaratan, dejándote entre los dedos un polvillo pardo y un bichejo muerto bastante asqueroso.
Por eso, por esa enloquecedora falta de fiabilidad de los deseos, por su infinita capacidad para herirnos de una manera u otra, es por lo que algunas religiones y filosofías orientales preconizan su rechazo. No desear y así no sufrir. Pero los occidentales pensamos que el deseo es el motor de la vida, y que la paz que puedes alcanzar al prescindir de él se parece demasiado a la tranquilidad de un cementerio. Tal vez el quid de la cuestión consista en desear dentro de nuestro horizonte. Desear lo que podemos razonablemente obtener, lo que podemos abarcar. Disfrutar del hoy y del aquí, de los pequeños gozos, como la piscina a los 13 años. O sea, conseguir esa especie de tautología emocional que consiste en aprender a desear lo que uno tiene.
Párrafos finales del artículo “La piscina que no fue y otros deseos” de Rosa Montero, publicado en El País Semanal el domingo 17 de abril de 2010.







