Imagen de Melk da n4+1v.

El texto requiere tan poco de la estructura como la crítica de la verdad.

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La Creación entera anhela ser signo.

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Los algoritmos no tienen problemas –no importa: tampoco los necesitan.

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El flujo de datos emerge del chip, la fuente del collage.

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El futuro pertenece a los melancólicos.

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Evidentemente, las perspectivas narrativas están determinadas por fantasías y no por la sabiduría.

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La figura es a la composición lo que la verdad a la estructura.

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Los sonidos pueden ser reproducidos mediante la técnica. Las dudas están hechas de sonidos y discursos.

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La carta es un memorándum que se deslinda de los diletantes.

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Existen dos formas de mensaje, a saber: aquéllos con pensamientos y aquéllos con versos.

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Estas frases son observaciones acerca del rumor, no un rumor.*

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* Nota del traductor: Originalmente, las tesis anteriores fueron escritas (elucubradas, elaboradas, imaginadas, discernidas, acuñadas —ignoro el verbo adecuado) en alemán por un brazo de robot industrial de la marca Kuka mediante un programa aleatorio elaborado por el colectivo artístico robotlab, del Centro de Arte y Tecnologías de Medios de Karlsruhe, como parte de una instalación itinerante. Los manuscritos, en el vasto sentido de la palabra, se componen de 8 tesis, apuntadas con la precisa caligrafía de una máquina de escribir, y llevan cada uno por título “manifest” (del latín manus = mano, y festus = festivo) en el encabezado. Al final de cada página consta el número y la fecha. Contrariamente a su nombre, los manifiestos no están destinados a ser reproducidos y difundidos, sino que, una vez completados, caen silenciosamente al suelo desde el púlpito sobre el que fueron escritos y son barridos al final de la jornada, o bien recogidos por los visitantes que así lo deseen, para hacer con ellos lo que les viniera en gana. El software, el verdadero autor, fue alimentado tan sólo con las reglas básicas de la gramática alemana y conceptos provenientes de la filosofía, el arte y la tecnología, al decir de los autores. Todo el sentido que pudiera haber en estas tesis —como en el Ars Magna de Ramon Lull, la escritura automática de los surrealistas, o el resto de los discursos— es responsabilidad única del lector

—Salomón Derreza

Este texto apareció en el blog de Letras Libres, el 23 de enero de 2009.

El brazo robótico de Robotlab trabajando en sus disertaciones.

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Una máquina para hacer jazz, posiblemente un cartel de Jazz & Milk.

Sobre la diálectica del dadismo y su relación con el capitalismo, el psicoanálisis y las artes del renacimiento.

Hace tiempo, platicando sobre las ventajas de Twitter, Alejandra me dio un pequeño tour por su cuenta. Hacia el final me mostró lo que otro tuitero había compartido,  una página para hacer títulos de tesis de forma aleatoria. Ésta había sido desarrollada por estudiantes de linguística de algún instituto estadunidense (Brown, si recuerdo bien) y consistía en escoger algunas palabras de un listado de conceptos, ya convertidos en clichés o, mejor aún, en constantes intelectuales de las últimas décadas: “posmoderno”, “imprenta”, “estudios de género”, “tecnología”, “correlación” o “globalización” son acompañados por conectores para dar el máximo de coherencia posible. El resultado suele ser cercano a cualquier otra tesis, a veces inteligible y otras de una extrañeza viable.

Después, Alejandro Tapia hablaría en alguna clase de la maestría sobre la existencia del Posmodernism Generator, el que parece ser uno de los primeros ejercicios en Internet al respecto y cuya programación aleatoria permite obtener además de título, algunos párrafos y bibliografía. La página fue creada por Andrew C. Bulhak a partir del sistema Dada Engine, un generador de textos aleatorios a partir de una gramática recursiva [A recursively enumerable grammar is one that can be instantiated by an algorithm. Another way of saying this is: "there is a Turing machine that decides it"]

Actualmente existen varias páginas similares cuya programación se sirve de varios elementos complementarios para seguir actualizando el juego, como la inclusión de los dos puntos y palabras coloquiales para generar títulos y subtítulos de tesis más contemporáneos o el pegote de tablas de datos y gráficas para darle un toque estadístico y formal al pastiche. Incluso, los resultados obtenidos de éstas pueden ser acompañados por textos completos generados por ecuaciones de probabilidad como las de Daniel Shiffman, basasado en el mito o hecho de los monos mecanógrafos que asisten a algunos literatos.

Viñeta de Jorge Cham publicada en PHD Comics.

Jacobo Siruela en el Claustro de Sor Juana
Miércoles 24 de febrero, 19:30 horas
Aula Magna del Claustro de Sor Juana
Izazaga 92, Centro Histórico, México, DF

Nicolás Alvarado hablará con Jacobo Siruela, editor de Atalanta y ex director y fundador de Siruela, sobre el oficio de la edición de libros y del mundo de las letras, en el marco del Programa de Escritura Creativa del Claustro.  La información llegó gracias a Leslie Ordoñez, coordinadora de prensa de la distribuidora Colofón.

Vivimos en una enfermiza celebración del presente. Ésta es una de las estrategias del mercado. ¿Pero, por qué no, como dice Gustav Meyrink, aprendemos a maravillarnos de otra manera, aprendiendo a ver las formas viejas con ojos nuevos, dice, en lugar de mirar, como hasta ahora, las formas nuevas con ojos viejos? ¡Es fantástico y revolucionario! ¿No te parece? Para Meyrink, esta es la única manera de adquirir “la juventud eterna”. Bueno, el primer libro de esta colección [Memoria mundi] es La historia de Genji. Es la primera novela de la historia, y fue escrita por una mujer japonesa del siglo X que vivió en una de las cortes más refinadas que se conocen. En esa corte, a las mujeres se les prohibía escribir, pero esta prohibición fue benefactora para las letras japonesas. Sucedió que los hombres que estaban constreñidos por una rígida educación de letras, muy influenciada por China, no fueron capaces de crear nada nuevo debido a las normas culturales a las que tenían que someterse. Sin embargo, las mujeres tuvieron que inventarse una forma literaria para su uso exclusivo, y esta fue la de contar, la de narrar cómo es la vida. Así nació la novela en el mundo, gracias a una prohibición. Toda una lección para la cultura de la queja en la que vivimos. Y esta obra de más de 1,500 páginas estaba dirigida a un grupo de mujeres no superior a las personas que formaban el séquito de la emperatriz. ¡Qué diferencia con nuestras patéticas listas de ventas!

Fragmento de la entrevista que Ramón Gonzáles Ferris le hizo a Jacobo Siruela, publicada en marzo de 2006 en Letras Libres, sobre su nuevo proyecto. Parte de la nobleza española, Jacobo Fitz-James Stuart y Martínez de Irujo, conde de Siruela, miembro de la casa de Alba, después de pasar por varios heterónimos, actualmente firma de forma pronunciable y escueta.

Ilustración de Andrea Berreta, en PicameMag.

Siruela

Fundé una editorial porque me gustaba leer, y más tarde vendí mi empresa, en parte, por la misma razón. Porque ya no podía leer todo lo que yo quería y de la manera como quería. Estaba condenado casi exclusivamente a leer toda la ingente información libresca que me mandaba todo tipo de personas, cada vez más ajenas a mi proyecto editorial. Y esto me parecía pobre y poco estimulante. Había logrado tener una empresa que llegó a facturar mil millones de pesetas al año, pero, en el fondo, yo no encajaba en este esquema. Tras la venta total pacté con el nuevo propietario de la compañía, Germán Sánchez Ruipérez, la posibilidad de trabajar, la mayoría del tiempo, desde la casa que acababa de comprarme en el Ampurdán. Desde allí dirigía una editorial que, en el fondo, cada vez se volvía para mí más ajena y fantasmal. Aunque respetaron siempre mis criterios, y mi situación pareciese de lo más ideal, no me sentía motivado, y cuando Siruela ganó el Premio Nacional de Edición, en noviembre de 2003, decidí que ése era el mejor momento para cerrar una etapa de mi vida y empezar otra. La experiencia de trabajar en el campo con un teléfono y un ordenador me había enseñado que en el siglo XXI es posible tener una editorial en el campo, y como tenía bastantes ideas en la cabeza decidí con Inka que haríamos una nueva editorial que llevaríamos los dos con una asistente, y que la llamaría con el nombre de un mito mediterráneo. Así nació Atalanta.

Parte del reportaje “El lujo de trabajar y vivir libre” de Ángel S. Harguindey para El País, en 2005. En la entrada del escrito se lee: “Jacobo Fitz-James Stuart creó la editorial Siruela, y la presentó con una colección de libros medievales. Veinte años después, con éxitos de venta y calidad, decidió venderla. Ahora, cumplidos los 50, presenta Atalanta, una editorial que mezcla lo rural con lo cibernético.”

Serezo

La historia de Genji (3ªed.)
Murasaki Shikibu

Colección Memoria mundi
18,5 x 24 cm | Cartoné | 920 págs
€48

Este primer volumen de La historia de Genji es en sí mismo un libro completo, pues narra, a través de los primeros 41 capítulos de la obra, toda la historia del príncipe Genji, desde que recibe su nombre en el pabellón de la paulonia, hasta su muerte solitaria en un templo en donde vive retirado del mundo.

Reseña

La eficaz versión de Jordi Fibla, se ha ceñido, en lo fundamental, a traducir la versión y el prólogo de Tyler. A diferencia de Roca-Ferrer (Destino), está ampliamente anotada, está ilustrada, como solía ser habitual, y sobre todo, se ha ceñido lo más posible al texto, lo que no le impide nada, ya que el libro de Murasaki sigue siendo actual. Jordi Fibla ha evitado términos que pudieran chocar a un lector que ha de imaginar una sociedad altamente refinada y cortesana del Japón Heian de finales del siglo X, y, al mismo tiempo ha mantenido la suficiente claridad narrativa para que, a pesar de que se trata de una saga con 150 personajes, transcurra sin tropiezos y con una gran belleza.

Juan Malpartida para el suplemento ABCD del diario español ABC, 2005.

Fotografía de Liam Stevens.

De la serie 14 days psychiatry, de Torben Weiß.

La inquebrantable ingenuidad

Robert Walser nació en Biel (Suiza) el 15 de abril de 1878 y murió, caído sobre la nieve, el día de Navidad de 1956. Su vida, semejante a la de sus personajes, fue inquieta y errática, siempre escapando a cualquier forma de duración o permanencia. A los 14 años abandonó los estudios y ejerció los más diversos oficios: fue empleado de banca, secretario, archivero; incluso sirvió de criado en un castillo de Silesia. Walser despreciaba los ideales de prosperidad, aborrecía el éxito, era incapaz de someterse a ningún tipo de rutina o atadura. Vivió siempre, de un lugar a otro, sin domicilio fijo, con graves problemas económicos. A partir de 1925 empieza a sufrir trastornos nerviosos y alucinaciones auditivas; se embriaga y tiene periodos de enorme agresividad. Su hermana Lisa, la única ayuda constante que recibió, le recomienda que ingrese en un sanatorio psiquiátrico.

Canetti ha escrito sobre Walser: “Su experiencia con la ‘lucha por la existencia’ le lleva a la única esfera en que esa lucha no existe, al manicomio, el monasterio de la época moderna”. Ingresa, probablemente con alivio, en el manicomio de Waldau, de donde será transferido, en 1933, al sanatorio de Herisau. Allí permanecerá, silencioso y olvidado, hasta su muerte. A semejanza de su admirado Hölderlin, Walser enmudece en vida. Sus libros habían despertado el entusiasmo de algunos escritores: Kafka (que lo leía en voz alta a sus amigos), Christian Morgensten, Robert Musil, Walter Benjamin, pero no habían encontrado su público. El editor Karl Seelig, que lo visitó reiteradamente en su encierro y gestionó la reedición de sus obras, ha contado en su imprescindible Paseos con Robert Walser (Siruela, 2000) que consideraba que “el único suelo en el que el poeta puede producir es el de la libertad”. Seelig había ayudado a otros escritores y le propuso esa libertad, pero a la pregunta “¿volvería realmente a escribir?”, Walser contestó: “Con esa pregunta sólo se puede hacer una cosa: no responderla”.

Francisco Solano, para la sección de recomendaciones de Babelia, suplemento de El País, 19 de noviembre de 2005.

Menos que cero

En cuanto al caminar… El método Walser tiene un recurso secreto, suerte de salida (o entrada) de emergencia a la que el escritor recurre cuando los obstáculos interpuestos por la serie de los trabajos dejan de ser eficaces. Ese recurso, muy solicitado por la tradición romántica alemana, es el hospicio. A fines de los años ‘20, despedido de un empleo por insolente, Walser sale de su madriguera, redescubre las luces de Berna y la escritura y empieza a recibir numerosos encargos de diarios y revistas extranjeras. Resultado: surménage intelectual. Lo acosan sueños poblados de truenos, voces con eco y manos que le buscan la garganta, de los que despierta aullando de terror. Se vuelve dromómano. Camina de día y de noche, sin parar. Una vez sale de Berna a las dos de la mañana y llega a Thonon a las seis; a primera hora de la tarde hace una parada a orillas del Niesen, donde apura una lata de sardinas con un trozo de pan; vuelve a Thonon al anochecer; a medianoche está otra vez en Berna. “Todo a pie, por supuesto”, declara. Otra de sus hazañas peatonales es el tramo Berna Ginebra de un tirón, con noche en Ginebra y regreso a Berna a la mañana siguiente. Mientras descubre “lo difícil que es escribir buenos relatos de viaje”, el Berliner Tageblatt, que solía encomendarle colaboraciones, le aconseja por carta que “deje de escribir durante seis meses”. Walser se queda literalmente seco, “como una estufa a la que se le acaba el combustible”. Insiste, atormentando sus “meninges para no extraerles más que pavadas”. Intenta, por fin, suicidarse, pero es incapaz de hacer un nudo corredizo como la gente. Su hermana Lisa lo lleva al hospicio de Waldau. Ante el portón del establecimiento, Walser le pregunta: “¿Te parece que es la solución?”. Lisa permanece en silencio.

Alan Pauls, en Radar, suplemento del diario argentino Página 12, domingo 5 de marzo de 2000.

Robert Walser o la escritura como paseo

Robert Walser murió en 1956, el día de Navidad, a la mitad de uno de sus incontables paseos. El hecho de que la muerte lo sorprendiera durante su caminata, en medio de la nada, me hace suponer que para él no significó más –ni menos– que cualquier otro incidente de los tantos que llegaron a inquietarlo, y que presenció con ese talante de quien siempre está de paso, a la vez maravillado y suspicaz. Durante esos paseos, Walser supo encontrar, justamente por no habérselo propuesto nunca, las aventuras más simples y jubilosas a las que puede conducir la amistad con toda clase de sucesos, seres y manifestaciones, y hacer su exaltación y encomio sin caer por ello en la desmesura de entenderlas como epifanías.

De manera semejante a la muerte en la nieve de uno de los personajes de Los hermanos Tanner, Walser hubiera querido que la naturaleza constituyera su tumba, que la tapa de su féretro no fuera otra que el cielo estrellado. Los niños que hicieron el hallazgo de su cadáver describieron a un hombre congelado a orillas de un campo cubierto de nieve, con un largo abrigo negro, botas gruesas y los ojos abiertos. Su sombrero se encontraba a un par de pasos y en su rostro se dibujaba una mueca terrible. No sonreía. Pero cada vez que proyecto esa imagen de tonos contratantes en la pantalla de mi cabeza me gusta imaginar que en el momento de encontrarse con la muerte, solitario y vagaroso, Walser quiso pedirle a su corazón que se sometiera de buen grado a lo inevitable con una sonrisa –una sonrisa oblicua, al fin y al cabo también de bienvenida–, con lo cual no hacía sino sellar una de las más singulares alianzas entre los motivos para escribir y las razones para la vida: la alianza entre la literatura, entendida como paseo, y el paseo como única forma de vida.

Luigi Amara, para Letras Libres, septiembre de 2006.

De la serie 14 days psychiatry, de Torben Weiß.

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