Edward Hopper, Hotel-Room, 1931.

Me llamo María: me llaman Magdalena. Magdala es el nombre de mi pueblo: es la pequeña comarca donde mi madre poseía unos campos, donde mi padre poseía unas viñas. Nací en Magdala. A mediodía, mi hermana Marta repartía jarras de cerveza a los obreros, en la granja; yo me llegaba a ellos con las manos vacías; bebían mi sonrisa a lengüetazos; sus miradas me palpaban como si yo fuera una fruta ya casi madura, cuyo sabor depende de un poco más de sol. Mis ojos eran dos fieras atrapadas en la red de mis pestañas; mi boca casi negra, una sanguijuela hinchada de sangre. El palomar rebosaba de palomas; el arca, de panes; el cofre, de monedas con la efigie del César. Marta se estropeaba la vista marcando mi ajuar con las iniciales de Juan. La madre de Juan tenía pesquerías; el padre de Juan tenía viñas. Juan y yo, sentados el día de la boda bajo la higuera de la fuente, sentíamos ya sobre nosotros el intolerable peso de setenta años de felicidad. La misma música de baile se tocaría en las bodas de nuestras hijas; yo me sentía ya llena de los hijos que ellas iban a tener. Juan llegaba hacia mí desde el fondo de su infancia; sonreía a los ángeles como los niños, a los ángeles que eran sus únicos compañeros; yo había rechazado, por amor a él, los ofrecimientos del centurión romano. Juan huía de la taberna donde las prostitutas se agitan como víboras al son excitante de una flauta triste; apartaba la vista para no ver el rostro redondo de las criadas de la granja. Amar su inocencia fue mi primer pecado. No sabía yo que estaba luchando contra un rival invisible, lo mismo que nuestro padre Jacob contra el ángel, ni que la apuesta del combate era aquel muchacho de cabellos desordenados, coronados de briznas de paja y que esbozaban una especie de aureola. Yo no sabía que otro había amado a Juan antes de que yo lo amara, antes de que él me amara a mí; yo no sabía que Dios era el remedio que buscan los solitarios.

Inicio de “María Magdalena o la salvación”, de Marguerite Yourcenar , en Fuegos [traducción de Emma Calatayud al español del original Feux, de 1935]. El extracto lo tomé de un pdf encontrado en Scribd; el libro, en su edición por Punto de lectura, lo presté y no ha regresado. Espero que el samaritano haya transcrito sin erratas el texto.

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Alberto García-Alix, Isa es Así.

Alberto García-Alix, sin crédito.

García-Alix, Ángel azul, 2005.

García-Alix, sin crédito.

García-Alix, sin crédito.

García-Alix, Mi primera noche en Italia, 1985

Si al comienzo de su carrera la fotografía había sido para él como una “socia”, y después pasó a ser como una amante o compañera, ahora parece haberse convertido en su doble. Un doble voraz que, como el propio García-Alix, exclama: encadena su memoria y le arrastra “al otro lado de la vida, de donde no se vuelve”. Un viaje al otro lado que puede asemejarse, en su caso, a la caída en un estado crepuscular, un estado entre el sueño y el despertar en el que conviven simultáneamente las imágenes que irrumpen en la memoria (los ausentes), las que luchan por salir desde las heridas del cuerpo (las emociones) y las que alumbran la oscuridad que se agita en el corazón de la experiencia cotidiana (los fantasmas).

“Monólogo infinito”, de Alberto Martín, en el suplemento Babelia, del diario El País, 3 de febrero de 2010.

García-Alix, autorretrato.

Hija de buena familia

13 octubre, 2009

Matrioska

Marie Laurencin, con su raro modo de vivir y entregada a su raro arte, vivía  con su madre —que era una mujer silenciosa, agradable y muy digna—, como si las dos vivieran en un convento. La pequeña vivienda estaba repleta de labores de punto ejecutadas por la madre según los diseños de Marie Laurencin. Marie  y su madre se trataban del mismo modo que puedan tratarse una monja joven y una monja vieja. Todo era muy raro allí. Después, poco antes de la guerra, la madre cayó enferma y murió. Entonces fue cuando la madre conoció a Guillaume Apollinare, y dijo que le gustaba.

Tras la muerte de su madre, Marie Laurencin perdió totalmente su estabilidad. Marie y Guillaume dejaron de verse. Sus relaciones, que habían durado en tanto la madre vivió, sin que la madre lo supiera, se rompieron cuando la madre murió, y después de que ésta hubiera conocido a Guillaume y hubiera dicho que le gustaba. Contra el consejo de todos sus amigos, Marie contrajo matrimonio con un alemán. Cuando su amigos se lo reprochaban, Marie Laurencin contestaba que el alemán era el único hombre que podía producirle unos sentimientos parecidos a los que había sentido por su madre.

Fragmento de Autiobiografía de Alice B. Toklas, de Gertrude Stein, en la edición de Bruguera de 1978. Traducción de Carlos Ribalta. La edición original parece pertenecer a The Continental Book Company (Estocolmo, 1947).

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Nenajaponesa

R  * A  * R  e  A  v  S  a    s  *

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Fedra lo realiza todo. Abandona, su madre al toro, su hermana a la soledad: esas formas de amor no le interesan. Deja su tierra como quien renuncia a los sueños; reniega de su familia y vende sus recuerdos como antigüedades. En ese ambiente, en que la inocencia es un crimen, asiste asqueada a lo que ella acabará por ser. Su destino, visto desde fuera, la horroriza; aún no lo conoce bien: sólo en forma de inscripciones en la muralla del Laberinto. Se arranca mediante la huida a su espantoso futuro. Se casa distraídamente con Teseo igual que Santa María Egipciaca pagaba con su cuerpo el precio de su pasaje; deja que se hundan hacia el Oeste, envueltos en una niebla de fábula, los mataderos gigantescos de su especie de América cretense. Desembarca, impregnada de olor a rancho y a venenos de Haití, sin darse cuenta de que lleva consigo la lepra, contraída  bajo un tórrido Trópico del corazón.  Su estupor al ver a Hipólito es como el de una viajera que ha desandado camino sin saberlo: el perfil de aquel niño le recuerda  a Knossos y a hacha de dos filos. Ella lo odia, ella lo cría; él crece contra ella, rechazado por su odio, habituado desde siempre a desconfiar de las mujeres, obligado desde el colegio, desde las vacaciones de Año Nuevo, a saltar los obstáculos que en torno suyo erige la enemistad de una madrastra.

“Fedra o la desesperación”, de Marguerite Yourcenar, en Fuegos, edición de Suma de Letras Argentina, división de Santillana, publicada como libro de bolsillo en Punto de Lectura. La traducción es de Emma Calatayud. Originalmente Feux, en Éditions Gallimard, 1974.

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En una carta a Gómez de la Serna —con quien mantiene correspondencia luego de que éste la visitara un par de meses antes— escribe, alrededor de marzo de 1930: “Esta tarde me marcho a un largo paseo… Me bañaré en el río con los vestidos puestos —¡qué contenta estoy de dejar, por fin, el baño civilizado en bañeras blancas!—, y después me iré por el campo, huyendo de que me quieran convertir en animal casero”. Cumple lo dicho. Decide ir en busca de Dios o de sí misma. Camina por la orilla del río,  se pierde entre los árboles, abandona a esa familia que intenta domesticarla. Es la noche y su padre ha pedido ayuda a la guardia civil, que la localiza.

Es mujer… y artista. Dos formas de locura. El señor Julián Santos Estévez decide recluir a su hija en una “casa de salud” de Madrid. Gómez de la Serna se entera y, desde París, escribe un artículo donde, además de exaltar el genio de Ángeles Santos, denuncia su encierro. Un mes después, “Angelita” vuelve con su familia, curada. La joven mujer descubre que la fiebre pictórica, los accesos, las imágenes fueron tan sólo locura adolescente (“Yo era muy rara”). Oculta los cuadros que lo atestiguan. Abandona los pinceles durante un lustro. Cuando vuelve a ellos, se da cuenta de que algo ha cambiado: surgen los colores pastel, las flores, la alegría de vivir. La mujer madura, serena, aniquila a la adolescente genial. Como se sabe, las familias y los manicomios extinguen los incenidos, apagan los fulgores.

Párrafos finales de “Ángeles Santos. Misticismo y hastío”, texto de Nicolás Cabral para el número 35 de La Tempestad, dedicado a los genios precoces (que además de la pintora catalana  presenta, para otras bellas artes, incluida la filosofía, a Arthur Rimbaud, Orson Welles, Wolfang Amadeus Mozart y Ludwig Wittgenstein).

Elal - Queen playingcards

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