El cocodrilo es una maleta que viaja por su cuenta
23 diciembre, 2009
En 2006 conocí a Vicente Ferrer, cofundador de la Media Vaca, editorial artesanal de “libros atípicos, muy ilustrados”, en unas jornadas sobre edición en el Centro Cultural de España. Él se alejaba del salón donde había dialogado con sus colegas sobre los libros infantiles y yo me le acerqué. Me dio su tarjeta, dos cuentos de cordel, un periodiquito promocional y, maravilla de maravillas, cosa que nunca entendí, unas fotocopias engrapadas con las líneas finales de una biografía de Antoine de Saint-Exupéry y los párrafos todos sobre un buen hombre de Iberoamérica que, vuelto empresario de este tipo de libros, criticaba la visión simplista que suelen tener sobre los niño los editores.
El sitio de la casa española está un tanto desierta, desconozco si entraron en receso o si les ha faltado actualizarlo. Pero fue grato redescubrir su catálogo y a partir de lo ahí dejado tender puentes con este blog y sus fetichistas escribanos:
- Resulta que de Ramón Gómez de la Serna han publicado varios libros: en el textro promocional de 100 greguerías ilustradas aparecen la denifición de éstas y la frase que da título a este post. Ya sólo revisar ese texto me ha puesto a pensar en otros.
- Por el libro Un perro en el grabado de Durero llamado “El caballero, la muerte y el diablo”, me entero que existe una colección alemana de corte similar, Die ollen Hefte. La traducción de ésta como Los prodigiosos cuadernitos, no deja más que la necesidad inmediata de revisar si el nombre hace honor a la labor. Y sí, tiene gran porte. Incluso si no hubier salido nada bueno, el sólo texto promocional que menciona la historia detrás del libro y la coedición dan como para tejer varias otras ideas.
Entre el ir y venir de páginas, me pareció que los omnipresentes animales de las portadas bien pudieran reunirse aquí para hacer un pequeño zoológico de papel. El primitivismo, el rayón, el trazo infantiloide es parte de la constante en estas propuestas que, me parece, no surge desde una necesidad de emular, sino desde el ejercicio de unir desde el trazo los primeros recuerdos cargados de miedos, desenfado y vísceras. Dejo pues algunas de tantas que pudieron caber, esperando cada cuál realice el viaje trasatlántico a los respectivos catálogos.






Síncope o diptongo
8 diciembre, 2009
El ojo lector y la pluma de José de la Colina, asentados en una colaboración de 1977 en Vuelta (recuperada en su columna Correo fantasma en junio de 2009 y posteriormente en su blog), provocarían que Julio Cortázar escribiera “Los pescadores de esponjas”, un responso sobre la influencia de Ramón Gómez de la Serna en su obra:
“La memoria es loca, lo tengo muy estudiado; a veces es también idiota, pero la locura por suerte puede más y en todo caso provoca conductas desordenadamente extravagantes del pensamiento y sus productos escritos. José de la Colina demuestra que en los míos falta una lógica, esperable y elemental referencia a Ramón Gómez de la Serna. [...] La relojería de la memoria no me trajo jamás el nombre de Ramón mientras escribía Rayuela y mientras tantas sombras queridas iban y venían por La vuelta al día en ochenta mundos y por Último Round; tal vez lo más penoso frente al reproche que ahora se me hace es la certidumbre interna pero indemostrable de que sí, de que Ramón estaba y está ahí, por la sencilla razón de que no podía y no puede no estar; por amor, por admiración, por enseñanza, Ramón estaba y está.”
Buscando algo sobre Ramón, encontré El libro mudo (secretos), publicado por el Fondo en 1987, 77 años después de que apareciera su primera versión, por entregas, en la revista Prometeo. Nacido en 1888, el escritor comienza la prelininar diciendo: “Ni sé apenas si esto es un libro. Sé que se va a imprimir como los demás libros. Está hecho de confusas sensaciones, de vida, que se realiza y no habla, que se hace apodíctica en su desarrollo y en su serenidad.”
Dejo algunas líneas:
(Ramón, en la paz de la mañana este amor al eucaliptos, es estar en gracia. Desde que me ayudó a convalecer en su maceta, junto a mi lecho de enfermo, de nicho, le proceso un buen amor. Es un árbol languidescente, sin coquetería, todo virtud y ida sosegad y enfermera…
Ramón, siempre conocimos las horas de gracias porque añoran a aquella mujer que se casó ya, a aquel perro León, a el jardín de aquella casona destartalada de Castilla, o a alguna de esas cosas sencillas y gatas en las que más nos devolvimos sin resquebrajadura, ni mudanza… cosas que no nos polarizaron…
Ramón, frente al eucaliptus siempre sentimos su estado de espíritu. Se nos presta bien y nosotros nos prestamos a él. Es una entroncada analogía…
Ramón, hoy es un día de gracia, como todos los que se madruga sin saber por qué. Se determinó en el secreto hacer algo y después se para uno e seco. Entonces se llena de simpatía la vida, melancolizada de este modo, y se piensa en algo inmejorable… Hoy ha sido en el eucaliptus con su perfume saludable y tan oleoso para el pulmón, perfume de buen conocimiento, de palabra firme y fortificante…
Ramón, así de pronto se piensa en que hay en uno la iniciación de la tierra de cuando tenía uno todo el espíritu de ella después de la lluvia y en los días estivales después del bochorno. Sentir un atavismo tan clamante y tan envolvente, sentir una transpiración mínima, tan de buen sabor y de buen olor, es estar en gracia…
Ramón, hoy para merecerla no tendremos ningún propósito, ni saldremos a la ciudad, no haremos efusión, es decir, azmisclaremos los vientos de no mismo…
Ramón, sí. Esta exhalación tan sutil, tan compacta, tan infiltrada en la porosidad del planeta, tan humana…
Ramón, tan dispuesta en círculo concéntrico, que volverá a interceder con nuestro nosotros sin rompernos ni mancharnos como en un abrazo…
Ramón, soy síncope o diptongo según consigo la prolongación o me abato de metafísica…
* * *
